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Cambio climático: La ciencia nos habla alto y claro

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Dicen que la paciencia es la madre de la ciencia y, en materia de cambio climático, el refrán parece cumplirse. Decenas de investigaciones ratificadas una y otra vez alertan de que estamos ya en el tiempo de descuento para frenar las consecuencias del calentamiento global. Según los últimos cálculos de la ONU, nos queda una década. Ante la emergencia planetaria, los científicos continúan de manera incansable con una labor que emprendieron hace mucho tiempo, quizá más del que nos resignamos a admitir: demostrar que, si no actuamos, las consecuencias serán irreversibles.

Estados Unidos, año sin determinar. Los granjeros hace tiempoque son incapaces de sacar adelante los cultivos de trigo y otroscereales. Solo resiste el de maíz, y quién sabe hasta cuándo. Una finacapa de polvo cubre casi todo. Obliga a tener las casas cerradas a cal ycanto e inunda los pulmones de una humanidad que tiene que empezar abuscar soluciones más allá de la estratosfera si quiere sobrevivir.Sobre ese planteamiento se basó Christopher Nolan en su laureada Interestellar,una cinta construida sobre un problema del todo real: el del cambioclimático. Aunque no se nombra en ningún momento de forma explícita, elespectador sabe desde el primer minuto que esa es la razón por la que elser humano decide lanzarse de nuevo al espacio.

La de Nolan no es, ni mucho menos, la primera película en plantear futuros distópicos en los que el cambio climático ha dejado en el aire la supervivencia de la especie. Desde El día de mañana a Tomorrowland, pasando por 2012 o la animada Wall-e,el hipotético colapso planetario ha sido una fuente de ingresos entaquilla. Pero, con el paso de los años, los planteamientos irreales delos cineastas se construyen cada vez más dentro del relato de loposible: si las previsiones se cumplen, contemplaremos cómo la realidad supera a la peor de las ficciones antes de que se enfríen las palomitas.

Los datos son de sobra conocidos. Los medios informan casi a diario, ahora sí, de la urgencia de frenar el calentamiento global, a sabiendas de que los titulares que alertan de que se nos acaba el tiempo corren como la pólvora en las redes y son garantía casi segura de miles de clics: según los expertos de la ONU, si seguimos a este ritmo, nos queda apenas una década para limitar las consecuencias irreversibles del cambio climático. Once años, en concreto. Un cálculo temporal que casa y que pone fecha a lo que los científicos el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) ya dejaban sobre la mesa en octubre de 2018, hace ahora casi un año: si no limitamos el aumento de temperatura del planeta a 1,5ºC –y no a los 2ºC que fijaba el Acuerdo de París–, sus efectos podrían ser «duraderos e irreversibles».

«Hablar de cambio climático en futuro es dar el mensajeequivocado. Es presente. Hay gente que está muriendo ya» (José ManuelMoreno, coautor del último informe del IPCC)

«Llegar a esa cifra está a la vuelta de la esquina.Ya hemos superado el aumento de temperatura en 1ºC y, a la velocidadactual, en quince o veinte años habremos alcanzado el 1,5ºC. El ritmo esmuy alto y, salvo que detengamos las emisiones de manera sustancial –yno hay nada que haga pensar que eso vaya a suceder pronto–,desafortunadamente estamos encaminados incluso a superar esasprevisiones», explica José Manuel Moreno, catedráticode Ecología de la Universidad de Castilla-La Mancha y uno de loscientíficos españoles que ha formado parte de la elaboración de eseúltimo informe del Panel Intergubernamental de Cambio Climático de laONU (IPCC).

Las políticas –y los representantes–, conscientes de la importancia de paliar las consecuencias medioambientales a largo plazo, parece que al fin han dejado de ser un mirlo blanco en una realidad cortoplacista. Pero no es suficiente. Mientras que Europa marca las pautas a seguir para descarbonizar la economía y China compite por ser el líder en renovables, la Administración Trump toma medidas que se alejan de los objetivos marcados por Obama, que había logrado que las emisiones norteamericanas comenzaran a decrecer. Algo que no sorprende: el presidente es un férreo negacionista que incluso ha creado un comité de expertos para sembrar dudas acerca de lo que la ciencia lleva décadas demostrando.

«Ya a finales de los ochenta y principios de los noventahabía estudios fiables sobre la gravedad del aumento de temperatura delplaneta. Los científicos avisamos, pero decir que viene el loboentonces, en un momento de enorme desarrollo económico en el mundooccidental, no era algo políticamente correcto. Nadie quería ser el malode la película», analiza Elisa Berdalet, oceanógrafa y vicedirectora del Instituto de Ciencias del Mar. «Lo que entonces parecían predicciones catastrofistas se ha demostrado que no lo eran tanto. Ramón Margalef–primer científico en lograr una cátedra de Ecología en España– yahablaba de ello en entrevistas y publicaciones en los años ochenta. Enesos momentos decía que él era ecólogo y no ecologista, pero terminóvolviéndose lo segundo con el tiempo: los problemas que pronosticabaentonces se han ido agravando y cumpliendo», recuerda.

«Ojalá no hubiésemos acertado en lasprevisiones por las que nos decían que éramos demasiado alarmistas»(Pedro Jordano, Premio Nacional de Investigación 2018)

Esa imagen distorsionada que dibuja a los científicos que investiganlas consecuencias del calentamiento global como simples activistasverdes ha sido utilizada por negacionistas y escépticos para intentarrestar credibilidad a advertencias que se ha demostrado que eran, comopoco, realistas. «Los ecologistas no hacen ciencia, solamente utilizanlas investigaciones disponibles. Ha habido una auténtica actitud obstruccionista por parte de algunos actores ante la acción climáticautilizando las técnicas de siempre: oponerse a la ciencia, cuestionaral mensajero y no el mensaje, usar información falsa o medias verdades…La única voz que no han conseguido silenciar es la del panel de NacionesUnidas, y la convención ni siquiera ha recibido el último informe comolos anteriores porque sus conclusiones son malas. Pero es que van a sercada vez peores», advierte Moreno. Y zanja: «Nunca ha habido alarmismoen ninguna cuestión ambiental. Todas las advertencias que la ciencia hapuesto sobre la mesa siempre han sido sobrepasadas por la realidad».

«El ser humano padece un síndrome de Casandra que nos haceseñalar a los adivinos que creemos que tienen una visión apocalíptica,en este caso, a los científicos. No lo es: es realista acorde alos datos que tenemos, contrastados además con otras evidenciasindependientes. Ojalá no hubiésemos acertado en las previsiones por lasque nos decían que éramos demasiado alarmistas», coincide Pedro Jordano,ecólogo y profesor de Investigación (CSIC) en la Estación Biológica deDoñana, que el año pasado recibió el Premio Nacional de Investigación,el mayor reconocimiento científico de España. «La concienciación va porbuen camino, pero necesitamos que sea más y más rápida. Lo conseguimosen asuntos como la lucha contra el tabaco: hemos modificado nuestroscomportamientos individuales para proteger la salud de todos, y esodemuestra que somos capaces de hacer cambios radicales en poco tiempo.Solo falta que hagamos lo mismo con la protección medioambiental»,explica.


Los límites de la naturaleza

Gracias a la ciencia, los negacionistas –esa especie en extinción– lotienen cada vez más difícil para convencer al mundo de que elcalentamiento del planeta no es algo tan peligroso ni anómalo. Hacetiempo que los investigadores y expertos ya no hablan solo de cambioclimático, sino de cambio global para alertar de las consecuencias queel aumento de temperatura tendrá para todos los ecosistemas y los seresvivos que lo forman: pérdida de bosques y de biodiversidad,deforestación, mayor virulencia y frecuencia de los fenómenos naturales,deshielo, migraciones climáticas…

«Si hay un aumento de temperatura significativo en el planeta, muchas especies tendrán que migrar o evolucionar para adaptarse a las nuevas condiciones. Los estudios demuestran que ya se está produciendo en las altas montañas: existen cinturones de vegetación que se han desplazado centenares de metros más arriba de lo que se conocía hace muy pocas décadas», alerta Jordano. El primer informe sobre la situación de la biodiversidad de todo el planeta, elaborado por más de un centenar de científicos de la Plataforma Intergubernamental sobre Biodiversidad y Servicios de los Ecosistemas (IPBES), auspiciada por Naciones Unidas –algo así como el equivalente del IPCC en temas de biodiversidad–, ha puesto de relieve que la situación es incluso peor de lo que se temía: más de un millón de especies podría desaparecer de la faz de la Tierra en los próximos años. En algunos grupos de especies los porcentajes son, como asevera el ecólogo, «verdaderamente preocupantes», y subraya las cifras del 40% de los anfibios o hasta el 30% en grandes mamíferos.

«Los científicos llevamos mucho tiempo avisando, pero en tiempos de desarrollo económico, nadie quería ser el malo de la película» (Elisa Berdalet, vicedirectora del Instituto de Ciencias del Mar)

Leopoldo García Sancho, catedrático de Botánica dela Universidad Complutense y premio Príncipe de Asturias de CooperaciónInternacional (2002) como miembro del Comité Científico Antártico,también apunta en esa dirección. «Cuando no existan esas barreras orográficas, las especies se moverán.Y ya hay ejemplos. Trabajo en zonas muy al norte de Canadá, al norte dela isla Victoria, y el año pasado pude fotografiar allí a varios grizzlies.Los esquimales se están acostumbrando a verlos. Es decir, osos pardosen el territorio de los osos polares porque las temperaturas se lopermiten. ¡En plena tundra ártica!», explica.

Aunque no hace falta irse tan lejos. «España alberga uno de los puntos calientes de biodiversidad a escala global.Nuestra fauna y flora están consideradas las más ricas de todo elcontinente, entre otras cosas, por sus endemismos: hay especies que solose encuentran aquí. En un escenario en el que las condicionesclimáticas van a cambiar, se las pone en peligro: hay muchas que estánen su límite de distribución meridional de todo el continente y quemantienen aquí un acervo genético sin igual. Si desaparecen, nosolamente perderemos especies y poblaciones, sino también variedadesgenéticas que puedan evolucionar con nuevas adaptaciones frente alcambio climático», advierte Jordano.

Más ciencia, más política, más ciudadanía

Con unas pruebas que no llaman ni mucho menos al optimismo, la conclusión más clara es que el planeta puso la pelota en nuestro tejado hace décadas y que no hay que apuntar muy lejos para imaginarnos lo que pasará si no frenamos nuestra mano destructora. «Más que centrarnos en las predicciones de cuándo van a llegar las consecuencias, deberíamos centrarnos en cómo podemos reducir las emisiones. La tecnología nos va a ayudar, es evidente, pero somos nosotros los que tenemos que actuar y necesitamos pautas para ello, porque no somos conscientes del todo de nuestro impacto. Y, cuando lo somos, no siempre nos gusta oírlo. ¿Cómo nos dicen que debemos viajar menos porque los aviones contaminan, ahora que las aerolíneas low cost nos permiten algo antes inalcanzable? ¿Cómo asumimos nuestro impacto en el océano, ahora que todos podemos ir a la playa?», plantea Berdalet.

Aunque tecnologías como la posibilidad de construir grandes máquinasque absorban CO₂ de la atmósfera puedan ser unas aliadas en un futuro notan lejano, la urgencia de la cuestión climática requiere medidasinmediatas que no pueden esperar. «Lo prudente es reducir las emisiones,no tratar de capturar la inmensa cantidad que producimos. Y tenemosaliados naturales para ello: las plantas. El CO₂ no es un contaminantesino la base de la vida, pero tenemos que reforestar y ayudarlas a querealicen su trabajo. Aumentando la superficie de vegetales que vivendécadas o centenares de años ayudamos a que acumulen de forma estable elcarbono que absorben de la atmósfera. Y estamos haciendo lo contrario: se calcula que el 18% de todo el CO₂ se debe a la destrucción masiva de bosques, casi todo tropical. No necesitamos recurrir a ingenierías de ciencia ficción, sino volver a plantar árboles», reclama García Sancho.

«No necesitamos recurrir a ingenierías deciencia ficción para absorber el CO₂, sino volver a plantar árboles»(Leopoldo García Sancho, catedrático de Botánica de la UCM)

«La cuestión que subyace detrás de todo es que reconozcamos laimportancia de la investigación. Abordar las cuestiones de cambioclimático diciendo que los científicos se equivocan es preocupante,sobre todo cuando es algo que está testado una y otra vez con diferentesescenarios y modelos y todos apuntan en la misma dirección. Eso dejados opciones: o nuestros políticos están mal informados o son unos irresponsables»,añade Jordano. Una llamada de atención que también comparte Moreno: «Nosé qué más tiene que ocurrir para que se reaccione con mayor fuerza. Sicuando hay una catástrofe se dice que no es para tanto o se niega cómoinfluye el clima en ella, cualquier cosa puede tener cabida. Hemosavanzado científicamente como nunca en la historia, pero hay Gobiernosque están dejando la investigación de lado, lo que resulta paradójico:hacemos ciencia para conocer la realidad y para que todos podamos vivirmejor, no para ignorarla». Y concluye: «Hablar de cambio climático enfuturo es dar el mensaje equivocado. Hay gente que estámuriendo ya».

«El problema más grave es la humanidad. Claro. Y no lo digo en broma. Muchas veces, los problemas de maltratar la naturaleza vienen de que nos maltratamos mutuamente. Si tratáramos mejor a nuestros hermanos, trataríamos mejor a la naturaleza», sostenía hace décadas el profesor Margalef. Frente al problema climático, lejos de escudarse en el tristemente cierto te lo dije para sacudirse responsabilidad, la ciencia ha optado por movilizarse para buscar una solución. Los más jóvenes han dejado de ir a clase los viernes para exigir a los políticos que la escuchen de una vez. Pero, si las predicciones se cumplen, ellos no serán los primeros en habitar un planeta diferente. Seremos nosotros. Y esa película no nos va a gustar.

Artículo Guadalupe Bécares

Ilustraciones, Carla Lucena

Fuente: Ethic


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